La libertad enclaustrada o el cine como un acto de intolerancia

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Jorge Alberto Rivero Mora

El cine es un espejo pintado

Ettore Scola (1931-2016)

El pasado 25 de enero, el director de la película Lucifer, el belga  Gust Van den Berghe y la ex titular de la Cineteca Nacional, Paula Astorga, acusaron al actual titular de dicha institución, el cineasta Alejandro Pelayo, de cancelar la proyección de dicho filme porque éste supuestamente declaró que un filme de esas características sólo puede ser entendido por “gente educada”; afirmación que desmintió Pelayo de manera contundente.

Las supuestas palabras de Pelayo me sorprendieron porque en el marco de los escasos homenajes al centenario del natalicio de Germán Valdés Tin Tan, tuve la oportunidad de charlar con el director de la Cineteca Nacional y encontré en él a un persona amable, sencilla y abierta al dialogo para mejorar a dicha institución. Afortunadamente, este escándalo quedó más cercano a una estrategia comercial que a un acto en contra de la libertad de expresión porque la película Lucifer finalmente fue exhibida.

Sin embargo, este embrollo en el que supuestamente hay películas para “gente educada” y otras para quienes no lo son, me hizo reflexionar, en torno al doble discurso de quienes se pueden indignar por las supuestas declaraciones de Pelayo pero que también dictan, desde la comodidad de su intolerancia qué sí y qué no es el “buen cine” y es por este errático supuesto que aquellas personas que no comparten su opinión son despectivamente tildados de ignorantes o “poco conocedores” (lo que entonces avalaría que están de acuerdo con las supuestas afirmaciones de Pelayo que previamente habían censurado).

Así por ejemplo emergen los “expertos fílmicos” quienes sin la sapiencia de Don Jorge Ayala Blanco, denuncian hasta el cansancio lo que ya es de conocimiento popular: que los premios de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas estadounidenses son un reflejo del cine comercial y capitalista y que aquellas figuras mexicanas que hoy en día compiten y hacen historia en la cinematografía mundial cómo Alejandro González Iñárritu o el gran y laureado fotógrafo fílmico, Emmanuel Lubezki, sin explorar críticamente la calidad y consistencia de su trabajo y legado cinematográficos por el simple hecho de competir en esta premiación, se les tacha de ser comparsa, rehenes o dar gusto al mainstream o parafernalia hollywoodenses.

Considero que en estas semanas la última producción de Alejandro González Iñárritu El renacido (2015), lo coloca no solamente en un lugar preponderante de la cinematografía mundial, sino también en un gancho fácil para ser juzgado visceralmente por distintos motivos que son dignos de analizar.

Sobre este particular, no hablaré de las virtudes y defectos que tiene un interesante filme como El Renacido; ni de la trayectoria fílmica de González Inárritu; ni de la convincente interpretación de Leonardo DiCaprio; ni de la excelsa fotografía de un gran exponente como Emmanuel Lubezki; pero sí quiero puntualizar que la cinematografía, como el arte en general, lejos de establecer criterios uniformes de apreciación su principal función, antes que en el entretenimiento y el sentido lúdico que esta actividad posee en su origen, debe orientarse en  provocar, estimular, sensibilizar e impactar al espectador (causar incluso rechazo).

emmanuellubezkipic[1]Con esto tampoco quiero negar la importante función de los especialistas de cine, quienes desde una mirada crítica y sustentada pueden alentar al espectador a aproximarse al cúmulo de discursos que integran a una película (dirección, interpretación, fotografía, argumento, música, ambientación, edición, etcétera); pero al final éstos son puntos de vistas sustentados en su conocimiento y experiencia pero también son lecturas muy particulares de lo que en su juicio la película le transmite pero para nada son verdades irrebatibles, por más que sea el lúcido y en ocasiones intolerante Don Jorge Ayala Blanco, quien por cierto en su ampuloso estilo juzgó de lo mismo la película antes señalada.

Por esta razón soy partidario que el espectador tenga la entera libertad de elegir qué si y qué no quiere ver en la pantalla grande, sin dejarse llevar por juicios didácticos o ínfulas de “superioridad intelectual” de “expertos” intolerantes. Por ello invito a los lectores, sobre todo a los más jóvenes que se acerquen al séptimo arte y que vean cualquier película que llame su atención y se dejen sorprender (para bien y para mal) con la propuesta del género y autor que más les guste y que disfruten esta experiencia una y otra vez.

Así por ejemplo en unas horas nos alegraremos o seremos indiferentes si gana algún Premio Óscar, González Inarritu, el chivo Lubezki o el cruzazulino Di Caprio (esta alusión a mi equipo ya es motivo de mi simpatía), precisamente porque la cinematografía es un arte que muestra realidades múltiples que pueden ser o no compartidas y hacer posibles entonces las palabras que en su momento emitió Don Jaime Sabines con lucidez y sensibilidad:

No quiero convencer a nadie de nada. Tratar de convencer a otra persona es indecoroso, es atentar contra su libertad de pensar o creer o de hacer lo que le dé la gana. Yo quiero sólo enseñar, dar a conocer, mostrar, no demostrar. Que cada uno llegue a la verdad por sus propios pasos, y que nadie le llame equivocado o limitado

            Y con esta evocación a uno de nuestros grandes poetas cierro mi colaboración.

Cuatro veces uamero chintololo (Licenciatura, Maestría, Doctorado y Profesor); maestro fesacatleco, cinéfilo, melómano y cruzazulino de tiempo completo; y sociólogo e historiógrafo cuando me acuerdo.