Entre la admiración y el afecto hay un Soria[1]

Jorge Alberto Rivero Mora

 

La muerte es una vida vivida

Jorge Luis Borges

Hace siete años empecé a dar clases en la carrera de Historia en la FES Acatlán (UNAM) y recuerdo con mucha nitidez que una de las primeras personas que se acercó para ofrecerme su apoyo en lo que necesitara fue el Profesor Juan Soria (QEPD), quien de manera inmediata me causó una gran empatía por su enorme amabilidad, sencillez, simpatía y generosidad.

Ya fuera en charlas de pasillo, exámenes profesionales, eventos académicos de distintos formatos, marchas políticas o encuentros fortuitos en algún puesto callejero de comida en las inmediaciones de la Universidad, el Profe Soria y un servidor alimentamos una relación laboral y de amistad muy sincera y que atesoraré como uno de mis más agradables recuerdos, no sólo de mi estancia en FES Acatlán, sino de mi vida entera.

Curiosamente, en los últimos tres semestres coincidíamos en el relevo de salón de clases y para mi buena suerte impartir mi materia significaba que nos saludaríamos unos minutos. Por experiencia y por antigüedad laboral el Profe Soria tranquilamente pudo tutearme pero nunca lo hizo, ya que desde el espacio del respeto construimos una relación entrañable en la que compartimos ideas, libros, causas, risas, palabras de afecto, buenos deseos e incluso las llaves del salón (que a veces confundía con las de su casa).

Compartimos casi de todo menos cigarros porque un servidor no fuma y a mi manera trataba que Soria (fumador compulsivo) dejara de hacerlo y por ello cuando los alumnos lo acaparaban al final de su clase, de manera discreta le escondía su cajetilla de cigarros que dejaba distraídamente en el escritorio y que al final le devolvía mientras sonreíamos con mutuo afecto.

A pesar de ser un hombre muy culto a Soria le gustaba actualizarse y conocer de todos los temas. Sabía de mi formación sociológica y de mi afición al cine y continuamente me preguntaba: “¿Qué autor me recomienda?, ¿Qué opina de tal película? Últimamente he leído a Slavoj Žižek y Zygmunt Bauman ¿Pero usted qué opina de ellos?” Su sencillez me desarmaba y al final de la charla me daba cuenta que, quien realmente aprendía era yo, con sus apasionadas y atinadas reflexiones.

Un asunto que siempre nos acercó fue organizar foros con nuestros estudiantes sin motivos académicos y de manera espontánea. Dichos foros se centraron siempre en temas de coyuntura que atañen a todos y que nos hacía falta reflexionar en conjunto (Violencia de Estado, terrorismo, elecciones, etcétera). Y este tipo de eventos nos reconfortaban en demasía porque nos dábamos cuenta que no estábamos solos y que la voz de los jóvenes, nuestros jóvenes resonaba con mayor fortaleza desde la reflexión, la crítica colectiva y la guía moral de Soria.

Coincidíamos también que adjetivar discriminatoriamente a las nuevas generaciones reduce al máximo  la realidad, porque los hoy tan vituperados milennials, con todo lo malo que se les atribuye, demuestran también que ayudan a edificar esperanza, no solamente en el plano de las ideas y de la construcción del conocimiento inherentes en la vida universitaria, sino también en la responsabilidad moral que puede emanar en cada universitario en beneficio de su entorno, de su realidad particular… Lo comprobamos en el pasado sismo cuando numerosos jóvenes asumieron su responsabilidad en un momento de emergencia y en términos del cantautor argentino, Fito Páez, salieron a las calles “a ofrecer su corazón”

Fui testigo del gran cariño que le tenían a Soria los alumnos, los colegas, las secretarias; de los piropos que brotaban de su boca y halagaban y sonrojaban a las damas que se cruzaban en su camino. Incluso para mí resultaba muy simpático su saludo peculiar que cotidianamente me dispensaba: “¿Cómo está profesor Rivero Mora? ¡Ah! perdón Doctor Rivero, porque es doctor ¡Eh!” le decía con gusto a la persona más próxima a él como esperando su aprobación y hasta a mí lograba sonrojarme con su carisma.

En espacios en dónde a veces impera la soberbia y el desdén de los profesores hacia los alumnos, Soria echaba abajo estas absurdas “distancias de conocimiento” y apostaba por la interlocución, el diálogo, y por dar voz a los estudiantes; por fomentar en ellos no la competencia malsana y desleal, sino que alentaba algo mucho más difícil de sembrar y consolidar en los alumnos: la solidaridad y la concordia.

Ajeno a los parámetros neoliberales de la educación actual que promueven la eficiencia terminal en términos de cantidad y no de calidad y que conciben a los alumnos como meras cifras que cubren cuestionables indicadores, el Profe Soria realmente se preocupó en formar seres pensantes y comprometidos con su realidad; ajenos a lo sectarismos y a la soberbia intelectual propia de estos espacios.

En términos del teórico alemán Max Weber, la encarnación del ser carismático la cubría el Profe Soria, porque poseía un aura enorme que lo distinguía de las demás personas. Y es que realmente fue un ser que irradiaba luz en cada alumno, colega o persona que pasara a su lado y esto se reflejaba (y se refleja) en las muestras constantes y sinceras de cariño y de admiración. Y es que tal como lo hacía en clase, en los pasillos, en la calle, en los foros de reflexión colectiva el profe Soria evidenciaba las virtudes didácticas que poseen los grandes maestros: amenidad, simpatía, sencillez y, sobre todo, sabiduría…

Quizás porque la muerte ha sido un asunto cotidiano en mi existencia, cuando muere un ser querido aprecio esta situación como un hecho inevitable de la muchas veces incongruente y dolorosa vida, pero enterarme de la sorpresiva muerte del Profe Soria me provocó un dolor seco y muy fuerte que me sacudió desde lo más profundo de mi ser. Un vacío enorme que se nutre de la tristeza por la ausencia del amigo que se extraña y que te hace falta.

“La historia es también una lucha contra el olvido, forma extrema de la muerte” expresó con lucidez Don Luis Villoro, y creo que el virtuoso recuerdo que nos legó el Profe Soria lo mantendrán siempre presente.

Descanse en paz Juan Soria: Maestro, colega, amigo y extraordinario ser humano.

Hasta siempre y allá nos vemos.

[1] Extracto de la ponencia presentada en el Coloquio Homenaje al Prof. Juan Bautista José Soria Díaz. La enseñanza como forma de vida, Naucalpan de Juárez, FES- Acatlán (UNAM), 24 de octubre de 2017.