Jorge Alberto Rivero Mora[1]

 

La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva…
José Saramago

Desde el gobierno de Miguel de la Madrid (1982-1988) nuestro país inició un periodo en que las recurrentes crisis económicas y las erradas respuestas a ellas cimentaron una transición política edificada por una élite tecnocrática en el poder que, unilateralmente, sustituyó al otrora régimen nacionalista revolucionario, por otro de índole neoliberal y cuyos nocivos efectos desalentaron cualquier signo de bonanza para la mayoría de los mexicanos.

Un lustro más tarde, la designación de Carlos Salinas de Gortari como candidato presidencial del PRI, provocó una escisión al interior de dicho partido, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas, Ifigenia Martínez y Porfirio Muñoz Ledo. La crisis económica permanente, así como la ausencia de carisma de Salinas y el hondo peso simbólico del hijo del Gral. Lázaro Cárdenas, hizo de las elecciones del 6 de julio de 1988 una competencia muy cerrada que se inclinó finalmente en favor del priísta, pero con numerosas protestas de la oposición ante las certezas de un enorme fraude electoral, tras la “caída del sistema”.

Lo anterior devino en el liderazgo moral del Ing. Cuauhtémoc Cárdenas, que permitió aglutinar a las siempre heterogéneas fuerzas de la izquierda mexicana para fundar al Partido de la Revolución Democrática (PRD), hoy en día grotescamente convertido en comparsa del sistema (basta recordar su alianza con el presidente Enrique Peña y el Pacto por México) y actualmente aliado de un candidato presidencial ambicioso y muy cuestionable que literalmente secuestró a su partido de origen para el logro de sus particulares intereses.

Pero volvamos al coyuntural año de 1988 y, precisamente, en el espacio regional de Tabasco, uno de los varios miembros del PRI que abandonaron a este partido, fue el carismático Andrés Manuel López Obrador (AMLO), quién tras luchar en favor de grupos indígenas del estado sureño y encabezar batallas por la democratización del país con figuras opositoras de renombre como los Ingenieros Cuauhtémoc Cárdenas y Heberto Castillo o Rosario Ibarra de Piedra y el Dr. Salvador Nava Martínez, y de igual manera, resistir los embates neoliberales en distintos episodios, convirtieron a AMLO en un líder con dimensión nacional, con gran poder de convocatoria y de movilización.

Sucintamente, la trayectoria de AMLO continuó como candidato a la gubernatura de Tabasco pero fue derrotado tras un enorme fraude electoral en 1994 que favoreció al priísta Roberto Madrazo. Más adelante, fue presidente del PRD de 1996 a 1999; Jefe de gobierno de la Ciudad de México en el año 2000 (con un notable éxito) y candidato presidencial en 2006, en por decir lo menos, impugnados comicios; que le dieron el triunfo al candidato de la derecha, Felipe Calderón, cuyo sexenio estuvo cubierto por la sombra de la ilegitimidad y dejó como triste herencia a un país ensangrentado.

Hoy en día López Obrador compite nuevamente por la presidencia de la república y se vislumbra como el ganador de los comicios del próximo 1 de Julio, pero más allá de cuestionamientos sobre los errores que ha cometido en este largo andar, si algo hay que reconocer a este polémico dirigente opositor es su perseverancia y consecuencia con sus ideas y con sus mecanismos de lucha.

Sabemos que AMLO es una figura pública controvertida que genera filias y fobias, éstas últimas forjadas en gran medida por un permanente ataque mediático que la llamada -por López Obrador- “mafia del poder” (gobierno, instituciones a su servicio, empresarios y el PRIAN) ha promovido en su contra desde el año de 2005 (con el proceso de desafuero de AMLO) a la fecha, muchas veces cargado de ataques clasistas y racistas para enunciar que López Obrador es “un peligro para México”.

Por motivos de líneas de investigación he examinado los alcances y límites del liderazgo carismático de AMLO, así como sus contradicciones y errores que ha cometido en su largo derrotero: su ausencia de autocrítica, su culto a la personalidad, su pragmatismo reciente y contradictorio (por ejemplo afirmarse como un político defensor del juarismo y aliarse con la ultraderecha del PES o abrigar en sus filas a personajes que anteriormente AMLO los calificara como parte de la «mafia del poder», etcétera).

En lo personal siempre he creído que muchas veces el principal adversario de AMLO ha sido él mismo por la manera de enfrentar a sus adversarios y por la toma de decisiones erradas que ha tomado. Pero viendo en retrospectiva su actual campaña, a diferencia de las precedentes encuentro a un AMLO más sereno y más lúdico; menos confrontador y más receptivo y en este panorama me parece también que aprendió de sus múltiples errores al no engancharse con respuestas viscerales a los medios o al presidente de la república como aquel lamentable “cállate chachalaca” de 2006 o no enfrascarse en debates con intelectuales que no quieren verlo en la silla presidencial.

En esta oportunidad, a diferencia del pasado, uno de los mayores aciertos que advierto en López Obrador fue la elección, como coordinadora de campaña, de Tatiana Clouthier (hija del recordado Maquío), que se caracteriza por su una mujer desenvuelta, carismática, comprometida y con una notable capacidad de respuesta para desarticular los argumentos de los múltiples opositores de AMLO.

En este contexto y sin olvidar sus contradicciones, a diferencia de sus adversarios políticos, a López Obrador lo sostiene su larga y consecuente lucha como dirigente opositor, que es una virtud que no tienen ni el apartidista José Antonio Meade, un eficaz y bien intencionado político del régimen neoliberal pero que lo avergüenza el partido que lo postuló como candidato presidencial (lo cual nadie puede cuestionarle), ni mucho menos Ricardo Anaya que de ser un adulador de las reformas estructurales del presidente Peña, de manera tajante el Ejecutivo se deslindó de él, lo que ayudó a que López Obrador se alejara en las encuestas.

Como decía el poeta chiapaneco Jaime Sabines: No quiero convencer a nadie de nada, y cada quien es libre de votar por el candidato que mejor lo represente, pero en lo personal votaré por AMLO, porque en mi opinión, es la única opción que puede edificar las bases para la construcción de un México distinto, lo cual implica un viraje de fondo de un sistema neoliberal que ha demostrado su fracaso, que ha beneficiado a unos cuantos y que ha sumido en la miseria a millones de compatriotas, y no sólo eso,  estos lastres económicos hay que añadir la espiral de violencia del crimen organizado (coludido con las distintas esferas de los gobiernos) que nos asola cotidianamente.

Si bien simpatizo y admiro en demasía la extensa trayectoria de AMLO, no me ciego como sucede con sus seguidores fanáticos ya que sabemos muy bien que no cambiará el país de la noche a la mañana, pero creo que López Obrador tiene muy clara su responsabilidad histórica y que sabe que tiene que actuar en consecuencia con su equipo de trabajo más cercano, algunos de ellos si bien son personajes que dejan muchas sospechas, también aprecio en su gabinete a mexicanos valiosos y comprometidos para cambiar nuestro adverso sendero.

Hoy en día como integrantes de la sociedad civil debemos tener muy presente que la participación en la arena política no se reduce al ejercicio de nuestro sufragio (votar y decir “ya cumplí”), sino también implica participar activamente en la toma de decisiones que nos incumbe porque esta es una responsabilidad muy grande que no debemos dejarla sólo en las manos de los políticos. Volver la mirada al pasado nos ayuda a encontrar a nuestros referentes y en ese pretérito, el amplio recorrido de Andrés Manuel López Obrador me parece que puede dar certezas a la transformación de un país como el nuestro que merece otro rumbo.

Para ello el reto inmediato de AMLO es procurar la reconciliación y la reconstrucción de un país que se nos cae a pedazos. Esperemos que López Obrador esté a la altura de la circunstancia histórica que le toca asumir, pero también deseo que cada uno de nosotros exijamos el cumplimiento de las responsabilidades de nuestros representantes políticos y trabajemos en conjunto para materializar esta meta que ojalá sea compartida.

 

[1] A la memoria del inolvidable Uamzontle